Después de más de treinta años liderando equipos en el mundo corporativo y tecnológico, llamé a los
directores de la compañía donde trabajaba y les comuniqué que me iba.
Me recordaron, alarmados, que perdía la indemnización legal por antigüedad acumulada. Les dije que era consciente de ello.
Se quedaron en un silencio profundo. Y cerré la puerta.
No fue una decisión de valentía ciega. Fue el resultado inevitable de un cambio interno tan
profundo que seguir operando en ese entorno era sencillamente imposible. El líder corporativo que había
construido durante décadas ya no era funcional en mi vida. Y yo lo sabía mucho antes de que se notara en los resultados.
Lo que no tenía forma de prever era lo que el destino me deparaba inmediatamente después.
Seis meses más tarde, en un control médico de rutina, una ecografía mostró una anomalía en mi riñón
izquierdo. El urólogo derivó de urgencia. Llegó la biopsia. Llegó la espera. Ochenta días de angustia,
esperando un resultado anatomopatológico que podía clausurar todo mi futuro de golpe.
El resultado definitivo fue cáncer de riñón.
Recuerdo vívidamente la sala de espera del centro oncológico. Rostros de todas las edades, atravesando
distintas batallas. Ese día comprendí de manera irrevocable que había un antes y un
después real — no como una figura literaria, sino como un hecho biológico absoluto.
Ahí mismo tomé una decisión de diseño: iba a atravesar la enfermedad desde el paradigma del
bienestar integral y la consciencia, no solo desde la pasividad del tratamiento oncológico. Lo que estaba
en manos del equipo médico, en sus manos. Lo que estaba en las mías (mi mente, mi energía, mi respiración), en las mías.
El 11 de abril de 2024, la oncóloga, tras una nueva batería de estudios minuciosos,
me comunicó que estaba libre de cáncer. Todo se había removido exitosamente en la cirugía.
Volví a casa. Festejé con mi familia cercana. Dormí de corrido por primera vez en casi un año. Y comencé a
diseñar estratégicamente esta nueva etapa de servicio — la Alianza de Pensamiento.